Nadie en su sano juicio duda hoy día que Leo Messi y Cristiano Ronaldo son los dos mejores jugadores del mundo, y a una cierta distancia de ellos, el resto de mortales que forman la elite mundial del fútbol. Se llame Neymar, se llame Griezmann, se llame Pogba o se llame Hazard. Otra cosa es ponerse de acuerdo en quién de ellos ostenta la corona mundial. Gustos personales al margen, parece que ser que las filias deportivas de cada seguidor tienen su influencia en la decisión. No conozco a ningún madridista que piense (o lo diga públicamente) que Messi es mejor que CR7; y viceversa: por los terrenos de Nobita Bartolomeu “rara avis” (siendo generoso en la estimación) es aquel que afirme que el portugués es mejor que el argentino.

Sin embargo, creo que es bastante más sencillo ponerse de acuerdo en que los amores que desata Messi en Barcelona son bastante más exacerbados que los que provoca Ronaldo en Madrid. Dicho con otras palabras. A Messi le quieren mucho en Barcelona y a Cristiano muy poco en Madrid. A uno se le perdona todo y al otro no se le pasa ni una.

Cuando hace algún tiempo salieron a la luz los “problemillas” de Leo Messi con la Hacienda española, la afición culé, indiscutiblemente, se alineó del lado de Leo. Incomprensible, pero así lo hicieron. Y cuando Messi hace alguna declaración que levanta una mínima sombra de duda sobre su continuidad en Barcelona o si está contento o deja de estarlo, no he oído a nadie ni de Camp Barça ni de los alrededores emocionales que le ponga, verbalmente hablando, mirando a Cuenca. No se recuerdan pitos a Messi en el Nou Camp. No se recuerdan críticas ni improperios. No se recuerda nada que no sea veneración absoluta.

Desde su debut en el primer equipo, allá por el mes de octubre de 2004, el Barcelona ha sumado a sus vitrinas 30 trofeos, de los cuales podemos destacar 8 Ligas, 4 Champions y 5 Copas del Rey, más otros torneos menores, con el debido respeto (Supercopas de España y Europa, Mundialitos, etc.). Y goles, muuuuuuchos goles: lleva más de 500. Y asistencias (o sea, pases de gol) casi 200. Vamos, que el impacto del argentino en la historia blaugrana es innegable, indiscutible, incuestionable.

Sin embargo, en el barrio de Concha Espina, la relación de Cristiano Ronaldo con su afición desde que llegará al club blanco en 2009 ha sido más bien tempestuosa. Rara ha sido la temporada que en algún momento de la misma el de Madeira no se haya ganado los pitos del respetable. Sus salidas de tono frecuentes, sus declaraciones chulescas, su soberbia y prepotencia han ido menoscabando su imagen de cara al aficionado. Desde el punto de vista deportivo, no se le puede discutir una coma: más de 400 goles y 100 asistencias (la asistencia, en CR7, tiene un valor triple, pues nunca ha sido Cristiano de compartir nada: ni dinero, ni méritos ni balones). Y 3 Champions, y 2 Ligas, y 2 Copas… Vamos, una leyenda blanca. Quizá, el más grande de su historia después de Di Stéfano.

Y sin embargo, en cuanto la prensa lusa le ha puesto en el mercado con esa famosa declaración de intenciones (“No voy a volver a jugar en el Real Madrid”), a la mayor parte de los mortales madridistas les ha faltado tiempo para agradecer los servicios prestados al portugués (algunos, ni eso: que gratis no ha jugado todos estos años…) y abrirle las puertas de par en par. Vamos, no han movido ni una ceja. No les han subido las pulsaciones. “¿Que se quiere ir? Pues que se vaya. Que ponga un equipo los 200 kilos y puerta”. Por no decir en la tele “que le den dos duros”, que suena muy feo.

En la galaxia Real Madrid nadie teme por el futuro inmediato del club, nadie teme por la próxima Liga o Champions. Cristiano es un futbolista extraordinario, un profesional de una dedicación obsesivo-compulsiva a su trabajo. Pero desde el primer momento no fue capaz de ganarse el cariño de su afición. Ha sido una relación interesada. Cuando había que aplaudir, se aplaudía. Cuando había que pitar, se pitaba. Y a otra cosa.

Pero a la afición merengue, que tiene sus defectillos, como las tienen todas (las aficiones) no se la camela tan fácilmente. En el Bernabéu, a pesar de los pesares, no les tiemblan las manos a la hora de aplaudir: de ese estadio han salido ovacionados Iniesta, Ronaldinho o Maradona. Oiga usted, cuando vea a un culé, en el Nou Camp, aplaudir a un jugador del Real Madrid, avíseme. Según los papeles, el último madridista aplaudido en Barcelona fue… Laurie Cunningham en 1980. Hace casi 40 años. Algo ha llovido, aunque no mucho.

Para mí, esto es la clave. Esto delata el nivel de tonterías que cada uno está dispuesto a soportar a su estrella. A mí, una afición, aunque sea de higos a brevas, que sea capaz de despedir con una ovación cerrada a un jugador del máximo rival histórico (y estoy pensando en esa salida de Ronaldinho en 2005, con buena parte del Santiago Bernabéu en pie, ovacionándole), me merece un respeto. Una afición que es capaz de pitar a una estrella del calibre de Cristiano Ronaldo si el jugador se hace acreedor a esos pitos me merece un respeto.

Una afición que suscribe encantada de la vida un eslogan del estilo “Todos somos Messi”, en fin, me voy a callar. Porque no, todos no somos Messi. Yo tengo mis problemas para llegar a fin de mes, algunos meses más que otros. Y con el 1% de su patrimonio, yo podría dejar de trabajar tranquilamente para el resto de mi vida, y dejar la de mis hijos encarriladilla. Muy tranquilamente. Así que no. Todos no somos Messi. Yo no soy Messi. Ni soy CR7.

Desde mi no militancia en esas religiones llamadas Real Madrid y Barcelona, elogio como se ha tomado la afición blanca la amenaza de salida de su jugador insignia. Y con estos calores nocturnos que no te dejan conciliar el sueño, me tumbo en mi cama, y me imagino a Leo Messi diciendo (él o sus portavoces) algo parecido a lo de Cristiano, y sospecho que las ventas de Fortasec se incrementarían de forma millonaria en algunas zonas del país.

Sobre El Autor

Existen 2 frases que me definen futbolísticamente: "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos" (Alfredo Di Stéfano) y "En fútbol se pasa de puta a monja en cinco minutos" (Joaquín Caparrós).

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