El fútbol tenía sus reglas. El terreno de juego era asimilable a un rectángulo y medía las dimensiones de la era. Se delimitaba por sus accidentes: una ligera linde en un lateral y un ribazo más o menos pronunciado en el otro lado. Los pisos de Urbatosa cerraban un fondo, el fondo este por así decirlo, el otro fondo, el oeste, abierto, ningún elemento reseñable en el otro lado. El resto eran las gradas. Las porterías estaban delimitadas por dos montones de cantos gordos distantes diez pasos de Heliodoro. El larguero, a lo que llegue el portero saltando en su máxima estirada; que se ponen El Rácano y Miguel el Pastor, pues se prueba y se ve. Razonable.

No cabía duda alguna sobre lo que es y no es área: donde ya no crece la hierba, esas zonas de tierra pisoteada de años, eso es el área. Línea de medio campo, inútil; para qué sirve esa línea si sacábamos a ojo y Catalino —el crecimiento había sido generoso con él y prefirió esperar su ocasión como lanzador de martillo. No llegó nunca— no llevaba entonces las estadísticas de porcentajes de posesión ni el número de toques en campo contario.

El terreno de juego era inviolable para el público, no hacía falta decirlo. La superficie, preferiblemente hierba en primavera, si había sido lluviosa.

Alineaciones, cuestión de prestigio; este era el punto más delicado de la contienda. Los mejores no tenía por qué ser los más mayores; los líderes, los populares, los capos, los que no solían hacer los deberes, esos “echaban”. ¿Pares o nones? ¡Pares! A Gerardo, a Pichón, a Reyes, a Judas, al Pelao, a Riñones, a Lerona, al Quemao, a Pichaca. ¡Un momento! el Tostao no puede jugar, dice uno. Vale, pues a Monete por él. Vale, a Isidro, a Chiveto, a Pámpanas, a Tachuela. Alineaciones a prensa.

El drama: tres jugadores no han sido convocados, no alzan la mirada del suelo, cabizbajean mohínos. Deciden los capitanes: esos dos para ti y éste con nosotros. Resuelto.

Regla del balón. El balón será lo más adecuado posible para la práctica del fútbol, a ser posible “de reglamento”. De no disponer de éste, cualquier esférico vale. El dueño del mismo elige equipo donde jugar. Indiscutible.

Cada equipo consta de un número de jugadores tal que iguale en competencia, independientemente del número de aquellos, a los integrantes del contrario. En definitiva, debe ser un encuentro igualado. Todo en pos del espectáculo y el juego.

Saque y campo, a suertes, claro. Entonces no parecía muy aconsejable lanzar al Caudillo por los aires —si me permitís la broma—mejor el clásico pares o nones de nuevo. ¡Nones! No convenía pedir saque sino campo. Tiramos para allá. Esta decisión era clave, como luego se verá (Ver regla de la botella).

Antes de empezar, valen o no valen cañonazos. Se observaban los porteros y los delanteros, se comparaban sus fuerzas, se evaluaba el riesgo de una clara superioridad que diera al traste con la contienda. La edad también se tiene en cuenta, llegado el caso. Se cuidaba de la cantera. Valen cañonazos pero no muy cerca. De acuerdo. El fútbol de entonces no podía permitirse la imagen de un portero asustado a la fuga de su arco ante el seguro fusilamiento.

Son las siete de la tarde,  comienza el encuentro. Sin árbitro. Si las reglas son claras y los jugadores honestos, el juez es prescindible. Como mucho, alguien en la banda, por su punto de vista, podía resolver pequeñas diferencias de criterio o aplicación de reglamento. Claro que todos sabíamos qué era y qué no era una falta, quién abusa de condición física y no ejerce una carga legal sino un claro empujón, quién había tocado el balón con la mano y si era, o no, dentro del área.

¡Mano! Estaba pegada al cuerpo. Vale. Resuelto.

Regla de continuidad de juego. Sólo se para el partido por falta manifiesta, penalti o lesión. La agresión no se contemplaba. Ahí lo dejo. Los jugadores de fútbol quieren jugar al fútbol, parar el juego sin justificación va contra el espíritu del mismo.

Regla de abandono. Un jugador lesionado que no pueda seguir jugando abandona en silencio el terreno de juego, se sienta a ver el partido o se va a su casa a que su madre lo diagnostique. No se contempla el teatro. Nuestras inquietudes sobre la interpretación dramática se satisfacían en otros escenarios, concretamente en la función de la escuela.

Regla del fuera de juego. No existe el fuera de juego. Los goles son la esencia del juego, son el camino a la victoria y a los laureles. Nadie hubiéramos entendido esta última frase entonces. Sin fuera de juego; pase, desmarque, control, regate y tiro cruzado. Punto.

Regla del marcador. Derivada de la anterior, a menudo ocurría que se perdía la cuenta de los goles. Alguien reseteaba con un empate o un tanteo que reflejara la realidad del partido. Empate a cinco y seguimos. Siete cinco, el último ha entrado. Seis cinco y sacamos nosotros. Vale.

Penalti sobre gol es gol. Obvio. No cabía interpretación a esta regla.

De portería a portería es una guarrería, o regla de fomento del juego de control y pase. Antibritánicos que éramos.

Regla del portero delantero. Puesto que se justificaba por la falta de efectivos en el ataque. Podía sumarse el portero a la citada acción; de vuelta a su área, recobraba la cualidad de poder usar sus manos. No vale portero delantero si no se declara esa condición antes de comenzar el partido.

Ley de la botella.  Era universal y, por tanto, aplicable en todo el universo conocido, no una regla, era ley. El que la tira va por ella, así de claro. Por la especial configuración del campo, si tirabas para los pisos, una pared alta de ladrillo acababa con el vuelo descontrolado del balón. Recordemos que nada de redes. Si tirabas para el otro lado… Ay de ti si eso ocurría. Una sucesión de barbechos, otras eras, huertas donde el balón podía rodar y rodar por efecto de su impulso y de la natural inclinación del terreno. Mejor tirar contra Urbatosa. Si había mala suerte en el sorteo, a tocar y llegar al área para empujarla, nada de tiros fuertes a puerta. No se cambiaba de campo, no había descanso; no se puede perder el tiempo en fútbol.

Regla de sangre. La sangre no es motivo para cortar un partido de fútbol. Da prestigio al donante.

Duración del encuentro. A determinar. Dos finales posibles: el rotacional y el circunstancial.

El primero, debido al movimiento de rotación; llegado el momento, se oscurecía el hemisferio norte de la cara del planeta donde se ubicaba el terreno de juego y éste terminaba.

El otro, cualquier acontecimiento que superara al fútbol: el hallazgo de unos gnomos en una cueva, la aparición de un jugador de beisbol negro en el cruce. Cosas así.

Era, porque era una era; de la máquina, porque un día debió de haber allí una máquina, pero no la vimos nunca.

Sobre El Autor

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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