Cuando hablamos de fútbol y carnaval, la mayoría pensamos en Brasil, el sambódromo y las estrellas de la Verdeamarelha que se dejan ver por allí. Pero hay otro carnaval, muy parecido al de Cádiz, que es famoso en Sudamérica: el de Montevideo. Este vínculo lo reflejó a la perfección hace años Juan Carlos Aragón, gran autor de comparsas y chirigotas gaditanas, con una agrupación llamada Araka la Kana.

Pero volvamos al fútbol y vamos a explicar el motivo de esta introducción folclórica. Tal día como hoy, del año 1901, nacía en Salto (Uruguay) José Leandro Andrade, La Maravilla Negra. Este apodo se lo ganó en los Juegos Olímpicos de Paris, en 1924, donde maravilló a todos con su fútbol atlético y dinámico. Y fue en la capital francesa donde se catapultó su fama extrafutbolística.

José Leandro Andrade y su tamboril

Porque Andrade, al margen de ser un gran jugador de fútbol que logró dos oros olímpicos (1924 y 1928), tres veces campeón de la Copa América (1923, 1924, 1926) y el triunfo en el Mundial de 1930, era un artista: tocaba el tamboril y el violín, era un virtuoso del baile y un apasionado del carnaval. Un personaje interesante que no escatimaba en fiestas, mujeres y alcohol.

A los 55 años, falleció este mítico jugador uruguayo. Y lo hizo lejos del glamour de su época dorada como futbolista. Pagó los excesos y las largas noches de fiestas, hasta el punto de vivir sus últimos años sumergido en la pobreza y ciego. La ceguera le sobrevino a causa de un golpe en un partido, que le fue dejando sin visión paulatinamente.

Su genética deportista la heredó su sobrino Víctor Rodríguez Andrade, titular indiscutible en la selección uruguaya que logró el célebre maracanazo. Jugaba de lateral izquierdo y también participó en el Mundial de Suiza’54, donde Uruguay logró el cuarto puesto, y el triunfo en la Copa América de 1956. Como su tío, también murió antes de llegar a los 60 años.

Sobre El Autor

Apasionado del fútbol y Bético por encima de todas las cosas. Continuamente pendiente de la actualidad del club verdiblanco, disfruto y sufro con las alegrías y sinsabores del Betis. Ser Bético es real como la vida misma, ya que uno aprende a levantarse tras continuas caídas. Y ahí está la verdadera fuerza del Betis: en sobrevivir a los contratiempos.

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