El ring sonó perezoso y los veinte alumnos corrieron, como en un encierro, a entrar en clase. Doña Begoña pidió una y otra vez orden y silencio. Llevaba una bata azul y un pañuelo alrededor del cuello, una especie de bufanda fina.  Doña Begoña es delgada, como hecha sólo de tendones y huesos, de pelo rubio rizado y una madurez no muy bien llevada que le había dejado una piel surcada y transparente. Hablaba con una voz ronca limada por el polvo de la tiza y el tono alto sostenido durante más de cuarenta años de servicio.

Había enterrado a Franco y a José Antonio en el almacén del colegio, en unas cajas de cartón; había arriado una bandera descolorida con el águila, había izado una con el escudo real; había colgado a Sus Majestades en cada aula; había añadido un mástil para la bandera de una Castilla; había añadido otro más, poco después, para una bandera azul con un círculo de estrellas; había soportado cinco o seis reformas educativas, tan frecuentes como inútiles y, de una manera inexplicable, había aprendido a usar un ratón.

Y ahora que tanto le costaba subirse a las sillas, por la cadera, tenía que descolgar unos cuantos crucifijos.

Echó cuentas una vez y calculó que había enseñado a leer y escribir a más de mil seiscientos niños. Mil seiscientos niños sabían, por ella, que las ballenas son mamíferos y que todos los verbos acabados en ir se escriben con be, excepto hervir, servir y vivir. Quizá no era mucho, o quizá sí lo fuera.

La ley contemplaba el sistema de aulas agrupadas para municipios pequeños, y aquel pueblo perdido era el más pequeño. Quedaba, apenas, una veintena de niños. Una maestra y un solo aula donde los más pequeños iban en babi para no mancharse de plastilina y los mayores trataban de disimular la pelusilla del bigote. En los Servicios Periféricos de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes, su escuela era una minúscula carpeta, perdida en el fondo de un archivador, muy lejos de los planes de mejora en la calidad educativa, de los programas de bilingüismo y de las inversiones en la mejora de las infraestructuras e instalaciones. Una vieja estufa templaba el aula en las mañanas de invierno a duras penas hasta que el sol entraba por los ventanales para ayudarla. Doña Begoña no dejaba quitarse el abrigo a los más pequeños hasta después del recreo.

Sinceramente, hacía años que no asistía a los cursos de actualización y no estaba al tanto de las últimas corrientes en materia didáctica. Que le perdonen, pero ya no. Aspiraba a una jubilación tranquila leyendo poesía a los nietos o, quién sabe, quizá se atreviese con unas memorias, pero a quién puede interesarle cuarenta y tantos años de escuela rural. Aquel, decidió, iba a ser el último curso. La garganta no daba más de sí. Cada “silencio, atended” se le llevaba un trozo de laringe y los cálculos de cotización en la administración así como los años de servicio eran muy generosos a su favor, y si no lo había dejado antes era por una especie de timidez inconfesable ante un seguro homenaje por parte del pueblo que pondría sobre ella demasiadas miradas. Siempre se imaginó el último día ordenando la fila para que sus alumnos salieran de clase en perfecto orden, colocando algún libro, borrando la pizarra y cerrando el colegio. Lo único distinto sería: la bata azul, en vez de colgarla en el despacho, la doblaría y se la llevaría a casa en una bolsa.

Pensaba en todo esto mientras paseaba al sol, cuidando el recreo. Miró al viejo edificio repintado cien veces, parcheado otras tantas y con un porche añadido para los días de lluvia que le costó diez años conseguir. Miró al patio, un pequeño rectángulo de tierra, con dos grandes pinos, limitado por las mismas paredes blancas de cal cosidas a cicatrices que vio en su primer día de clase, cuando el colegio no tenía ni servicios. A pesar de las mejoras, aquella escuela, una anciana, seguía reconocible después de los años.

Pensaba en todo esto cuando tuvo que volver al mundo por el chasquido del balón estrellándose en el larguero de madera tras un potente cañonazo. El portero ni lo había visto. La única portería que tenían, después de dudarlo un poco, se partió en dos, se derrumbó lentamente como un tejado viejo, y quedó en el suelo hecha pedazos como un montón de leña.

*  *  *

La escuela había quedado, por fin, en silencio. Entró en su despacho y colgó la bata azul en su percha. Tomó una de aquellas pastillas para la garganta y se sentó en su mesa. Prefería la vieja Olivetti al ordenador, se puso las gafas, enrolló el folio en el carro de la máquina y comenzó a cursar la petición:

                “…Señor Delegado

Me dirijo a usted para informarle que recientemente, después de un desafortunado incidente ocurrido en horas lectivas, uno de los elementos del equipamiento deportivo de este centro ha quedado inservible. Se trata de una portería de fútbol.

Teniendo en cuenta que era la única con la que contaba el colegio, que la misma pertenecía a la dotación deportiva que le fue asignada a este centro hace treinta y dos años y, que son necesarias al menos dos unidades para la correcta práctica del fútbol y otros deportes, respetuosamente, elevo petición del material deportivo necesario con el fin de que los alumnos puedan practicar deporte en condiciones adecuadas.

Describo a continuación el material solicitado:

– Dos porterías de fútbol.

Quedando a su entera disposición, aprovecho la ocasión para enviarle un cordial saludo.

La directora del Centro.”

Hacía años que no se hacían ya las flores del mes de mayo. Aquellas tardes tan buenas de sol, como una especie de culto encubierto a la Virgen, llevaba a los alumnos al campo a pasar la tarde, para que corrieran y jugaran en el prado de hierba. Justificaba las horas lectivas y se justificaba con ella misma enseñándoles esta o aquella flor, o el nombre de algún pájaro a los más pequeños. A veces les leía alguna fábula que venía a cuento: “Mira esa fuente plácida, Florencio, que fluye sin rumor, y baña el prado. Con su ejemplo enseñado, haz al prójimo bien, y hazlo en silencio”

Los alumnos estaban haciendo ejercicios, trabajando en silencio. Doña Begoña, sentada en su mesa, consultaba el calendario y pudo contar cuarenta y cinco días para la última clase. Diez días más para la jubilación. Le dio por pensar en su sustituto, aunque lo más seguro sería que aquellos veinte niños acabaran todos los días en un autobús acudiendo al pueblo cercano, más grande, y aquella escuela, que apenas se mantenía en pie, terminara descomponiéndose sin que nadie lo evitara. Lo sintió por los más pequeños. Y por ella misma, en el fondo. De pronto, abrió la puerta el cartero y todos cantaron al unísono: Buenos días señor cartero, tal y como les había enseñado. Buenos días niños. El sobre decía: Servicios Periféricos de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes, a la atención de la señora directora.

 

 “…Señor/a director/a  del Centro:

                Por la presente le comunicamos que en relación a su petición, esta Consejería, a través de sus Servicios Periféricos, está haciendo innumerables esfuerzos para dotar a nuestros centros de las mejores instalaciones con el fin de incrementar la calidad en la enseñanza. Este esfuerzo obedece al desarrollo de la Ley que nuestro gobierno acaba de aprobar y que, sin duda, será la herramienta adecuada y definitiva para que su centro, y otros muchos, vean mejorado sensiblemente el estado de sus instalaciones.

                Sin embargo, la coyuntura económica actual, así como las condiciones en que nos hemos encontrado la Consejería de Educación, Cultura y Deportes, sin duda debido a la mala gestión del gobierno predecesor, nos hacen informarle que, por el momento, nos es imposible atender su petición por superar ampliamente las capacidades presupuestarias actuales de este departamento.

                Aprovecho la ocasión para recordarle que es responsabilidad de todos, pero en especial de los docentes, velar por la buena conservación y el buen uso del material que estos Servicios Periféricos entregan a los centros con el fin de racionalizar el gasto educativo. Recuerde que ustedes y sus alumnos son los principales beneficiarios de esa buena gestión.

                  Tengo a bien informarle de que, en cumplimiento de nuestro programa de desarrollo de aplicación de las nuevas tecnologías en centros educativos públicos en zonas rurales, su centro cumple con los requisitos que establece el citado programa y que, por tanto, recibirá próximamente la dotación asignada consistente en cuatro ordenadores portátiles con el fin de modernizar los medios educativos de los que dispone actualmente nuestra Región. Esperamos que sepan hacer un buen uso de la dotación teniendo en cuenta el enorme esfuerzo económico que supone una inversión de este calibre.

 Atentamente, el Coordinador Provincial de Educación, Cultura y Deportes.”

Tuvo que ir a la ciudad para arreglar todo el papeleo de la jubilación. Se enteró, entre otras cosas, de que había obtenido la base de cotización más alta posible y que su pensión iba a ser mayor de lo que imaginaba. Supo, también, que tendría que abandonar su puesto a las quince horas del día treinta de junio. Y la comunicaron que no nombrarían sustituto para ella, que el centro se daría de baja a las quince horas del día treinta de junio. No pudo evitar pensar en los más pequeños cogiendo un autobús cada día para ir al pueblo más cercano, a más de veinte kilómetros, mientras esperaba sentada en aquella sala al coordinador. Quedaba muy poco para acabar el curso y quiso interesarse por su petición de material deportivo. Durante las vacaciones, los niños solían acudir a jugar al fútbol al único sitio donde podían hacerlo: el patio de la escuela. Quiso explicarle que cuatro ordenadores portátiles no eran necesarios para una escuela tan pequeña a la que le quedaban dos meses de vida. Quería saber, también, dónde debía depositar las llaves del centro a las quince horas del día treinta de junio. Pero sólo supo que “el Señor Coordinador estaba muy ocupado y no podría recibirla hoy, que podía rellenar una solicitud e intentar…”. Una joven de gafas le alargó un impreso para la petición de cita.

*   *   *

La estufa estaba guardada ya en el almacén. En su lugar, el lento ventilador, como la hélice de un viejo mercante, vibraba y esparcía el aire caliente de la tarde por el aula y de paso espantaba algunas moscas. El sobre llevaba dos días sobre la mesa; finalmente, decidió abrirlo; comenzó a leer en silencio:

“Estimada directora del Centro

Una vez revisada su hoja de servicio, hemos podido constatar, con gran satisfacción, que es usted el docente regional con más años de servicio en activo. Por ello tengo el placer de comunicarle que, con motivo de su próxima jubilación, yo mismo, en persona, y otros miembros de estos Servicios Periféricos, el próximo treinta de junio nos personaremos en el centro donde actualmente presta sus servicios para hacerle entrega de un presente conmemorativo en agradecimiento a los años de servicio en la docencia. De igual modo le informo que, en el mismo acto, procederé a la clausura oficial del curso a la que han quedado ya invitadas las Autoridades Municipales según comunicado oficial.

Le recuerdo que sería  muy satisfactorio para todos que los alumnos asistan a este acto así como cualquier familiar o amigo que usted estime oportuno.

Atentamente, el Coordinador Provincial de Educación, Cultura y Deportes.”

*   *   *

Sobre la mesa del despacho había un inventario actualizado de todo el centro, unas cuantas llaves y una pequeña bolsa con una bata azul perfectamente doblada en su interior. Doña Begoña, un poco acobardada, no vamos a mentir, observaba todo aquel tinglado por la ventana. Demasiado para un pueblo perdido y una maestra que se iba. El acto iba a celebrarse en el patio a la sombra de los dos grandes pinos, no por el calor, que era normal un treinta de junio, sino por la cantidad de gente que acudiría aquella mañana a la escuela: viejos alumnos, nuevos alumnos, alcalde y concejales, Guardia Civil, colegas de otros centros, compañeros de promoción, madres, padres y algunos vecinos curiosos.

Uno podría suponer el alboroto, las conversaciones, los halagos, las risas, las penas, los comentarios. Nada de esto sucedió. A la sombra de los pinos, todos estaban quietos, todos esperando, todos en silencio, estupefactos, sin saber qué decir ante aquello.

Un Audi azul oscuro aparcó en la misma puerta. El alcalde y un sargento de la guardia civil dudaron por no estar acostumbrados al protocolo, pero, finalmente, salieron a recibirlo. El Coordinador, vestido con un traje gris y una corbata azul con un perfecto nudo Windsor, caminaba con paso firme, cabeza alta, sonrisa amplia y cordial… Se quedó clavado en la puerta cuando pudo observar el patio. Cientos de personas, en un silencio sepulcral, tan sorprendidos como él, le clavaron la mirada.

Doña Begoña cruzó el patio seguida por la mirada de todos y llegó a la puerta. Miró el reloj. Eran las quince horas del treinta de junio. Alargó la mano, le entregó al coordinador las llaves del colegio y se alejó calle abajo con una bolsa de plástico en la mano, donde llevaba perfectamente doblada su bata azul.

Está a punto de empezar el partido: alumnos del curso actual contra viejos alumnos, todos del pueblo. Llevan camisetas nuevas. Se les había ocurrido como homenaje a Doña Begoña. Las líneas de cal serpentean, las han trazado los más pequeños. Uno de los porteros se ajusta los guantes y las rodilleras —tiene las rodillas en carne viva de la tierra—, el jugador más grande se ata bien las botas, los pequeños le miran con admiración, se acuerdan bien de cómo redujo una portería a escombros de un disparo al borde del área hace unos meses. Una pancarta dice “Hasta siempre Doña Begoña, gracias”. La han hecho las chicas con flores. Han pedido al cartero que arbitre el partido: fue jugador de tercera división de joven. Todo preparado, todos pendientes del pitido del cartero. Todo es silencio, apenas roto por unos cuantos murmullos entre el público. Podía oírse el piar a los gorriones refugiados del calor en las copas de los pinos. El aire, que quema a esa hora, arranca una brizna de polvo al campo de tierra, un polvo sagrado, que se diluye en un diminuto remolino. Al fin suena el silbato del cartero. El público rompe el silencio y comienza a animar.

Once contra once, dos porterías de fútbol. Dos porterías de fútbol formadas por cuatro ordenadores portátiles.

Óscar R. Valladares

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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