Encontré la carta dentro de una vieja caja de madera, de puros, junto a otros documentos del mismo género: fotos, recortes de prensa, alguna postal, cosas así; la encontré revisando el desván del caserío tres días después del entierro. Llovía.

Tinta azul de pluma estilográfica sobre papel blanco, ya amarillento, muy gastado. Por la fecha y por a quien concernía, supuse prescrita su privacidad.

“Queridos aitas, espero que al recibo de mi carta os encontréis bien. Yo bien, gracias a Dios.

No os he escrito antes porque he estado muy atareado desde la última carta que recibí de ustedes; y es que me han pasado muchas cosas. Ama, no se preocupe tanto, sigo comiendo muy bien y nos dan leche tres veces al día por lo menos. Tendría que ver qué mantequilla y qué panceta (aquí decimos bacon), y no está rancia. Hay bastante carne y pan del blanco así que no hemos dejado de comerlo desde el primer día, desde que estuvimos en las tiendas, esas de indios, donde estuvimos cuando llegamos; huevos, todos los que queramos, y cosas dulces también. Cada mes peso más aunque esté delgado, dice el médico que eso es que gano altura y que no engordo por el ejercicio. De todos modos, nos dan un jarabe amargo a diario y vitaminas, dicen que para abrir el apetito.

Como os digo, han cambiado muchas cosas, que paso a contaros.

Un día, jugando con el equipo de foot-ball del colegio, al final del partido, nos llamó aparte el entrenador a Sabino y a mí porque había venido un señor a vernos, y que por lo visto era un jefe del equipo de la ciudad, uno que manda bastante, a lo que se ve, y es rico. Total que nos han llevado con los juveniles de ese equipo a los dos, sólo a nosotros dos. Nuestro entrenador dijo que es una muy buena noticia y nosotros nos alegramos mucho por pasar a jugar con los buenos.

Me han traído a vivir a la casa del dueño del club de foot-ball con su familia, los señores ____ (ilegible en el original). Son buenos conmigo y tengo una habitación para mí solo. Ahora, viviendo aquí, no me falta de nada. El padre es comandante, piloto de aviones de guerra y me llevo bien con sus hijos y su mujer, que nos cuida bien. Les enseñé la foto de ustedes y el hermano, la que me mandaron, y se emocionaron mucho. La tengo en mi mesilla siempre. Dice la madre de aquí que un día le gustaría conocerles y que, mientras tanto, ella será mi madre aquí y sus hijos mis hermanos.

Lo mejor es que el señor ____ (ilegible en el original) me va a enseñar un oficio, me está enseñando a conducir su coche para hacerme su chófer, dice. No es fácil porque van al revés que allí y es muy lioso al principio. Sabino aprende cosas de mecánica y sabe ya desmontar un motor entero. Él sigue con la familia que le acogió al principio.

El nuevo equipo tiene estadio propio y allí nos entrenamos a diario después de las clases. Nos han hecho hasta una foto, que ya os mandaré cuando pueda. Me han dado ropa esportiva: botas de un cuero muy fuerte, unos guantes buenos, rodilleras y gorra (aunque aquí hay poco sol), todo a estrenar; la madre de aquí me ha bordado las iniciales. Jugamos siempre con balones reglamentarios.

Aquí los chicos son grandes y la pegan bien fuerte, se juega un poco distinto que allí. Me han enseñado a sacar con la mano al jugador desmarcado para que la juegue, nada de saque de patada; entrenamos hasta cómo parar los penalties y cómo hacer el plongeón. Sabino lleva muchos goles, le enseñan “el movimiento en el área”, así lo llaman.

Yo puedo salir de mi área y el entrenador, el señor Parker, dice que soy un defensa más, pero que puedo tocar el balón con las manos dentro del área. Esto me ha traído algún disgusto pero Sabino lo arregla pronto, eso que aquí los defensas son como lobos y se tiran a morder, dice.

Escribiéndoles todo esto, de pronto me pongo triste, porque no puedan venir a verme jugar. Hago muy buenas paradas. Vamos fuera alguna vez, a otras ciudades, y nos llevan a todos juntos en autobús.

En el colegio estamos aprendiendo la lengua inglesa, que ya hablo  bastante bien, entiendo casi todo en la calle y a los chicos del equipo. Nos cuentan cosas de España en el colegio también, de historia y geografía. Descuiden, las matemáticas las llevo mejor y me empleo fuerte como dijo el aita. Como veis, estoy sacando mejor letra, eso es por la caligrafía y los dictados de la señorita Bradley.

(Borrón de tinta que impide leer el comienzo del párrafo)… ¿Cómo está el hermano, y ustedes? Se dice que la guerra está por acabar pronto, aunque se escucha que aquí puede empezar otra guerra más grande, no sé. La señorita Bradley dice que mejor no contemos nada y que le preguntemos a ella lo que no sepamos. Yo la hago caso en lo que me dice, tal y como me decía usted, amachu, en su carta. Le pregunté lo de Guernika y me dijo lo mismo que ustedes. Así que de la guerra nos dicen poco, sólo lo que oímos en la radio y a los mayores, y cada uno dice una cosa.

Todos los que vinimos en el barco estamos bien, a algunos les han llevado a otros sitios del país, más lejos, les han repartido y nos dan noticias suyas a menudo; los hermanos de Durango, esos rubios, los de la señora Aránzazu, están bien grandes y gordos, aquí les dicen que, cuando sean mayores, les enseñarán el rugby. Apenas hablan en español, se conoce que sólo han sacado el inglés.

Pronto es Navidad y estamos preparando los crackers, los dulces que explotan, ¿se acuerdan que se lo conté? Ensayamos también para la función que vamos a dar los hermanos de aquí y yo. Aquí el Olentzero tiene una barba larga y blanca y va vestido de rojo con un saco, nos trae cosas que deja dentro en los calcetines que colgamos en la chimenea; este año le pediré una chaqueta nueva que abrigue, eso me ha dicho la madre de aquí.

Espero que podamos regresar pronto y así poder ayudar al aita en todo lo que pueda, ya soy bastante fuerte, y puedo trabajar casi como un hombre, me dicen. Además fumo bastante bien y los domingos bebo la cerveza negra que se estila aquí.

Me despido ya porque tengo tareas. Les mando muchos recuerdos y besos para ustedes y para el hermano. Díganle que a mi regreso le llevaré un balón y unas botas de su número.

Me acuerdo mucho de cosas de allí, de los del pueblo y de la casa. A lo mejor el año que viene podemos estar juntos otra vez, si se acaba la guerra. No llores, amachu.

Vuestro hijo que os quiere,

Raimundo. (Con rúbrica)

Southampton, 14 de diciembre de 1938.”

Athletic Club

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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