A escondernos de nuestras vidas, a huir de un patio interior por el que ascienden reverberando, disonantes, los sonidos domésticos; a ponernos a salvo de la realidad y su intolerable mal gusto. A eso vamos. Y a beber y ver fútbol. Copa, liga, segunda, Premier, Calcio, regional, juvenil, femenino. Todo.

 

Antonio, ¿qué se debe? Tanto. Pues aquí tienes, quédate el cambio. Pues muchas gracias, dice Antonio. Y lo echa a un bote del mundial 82 donde un Naranjito decolorado nos sonríe. Sin adornos, sin gilipolleces. Así funcionan las cosas aquí, en el Bar Antonio.

 

Un cuchitril impregnado de grasa y humo en la esquina de dos calles perdidas de un barrio perdido de una ciudad cansada de todos nosotros. Un café humeante de neón en la luna de la entrada es el único reclamo. Sobre el desproporcionado toldo a rayas, en  blanco, dice: BAR ANTONIO. Poco más. A la derecha, la barra, de madera y latón; a la izquierda, un par de mesas con sus sillas desordenadas; al fondo, los baños. Uno a penas se usa, entran muy pocas mujeres.

Se habla de fútbol. Sólo de fútbol.

 

De joven, Antonio tenía regate, era rápido y le pegaba. Dicen. Se casó y abrió el bar.

 

Cada cual tiene su sitio en el Bar Antonio, aquí se respetan los galones. La costumbre. Matías se sienta en una silla bajo el televisor; Pepe el viudo y yo, juntos, en los taburetes, detrás de Matías;  el pollero, al final de la barra, a la espalda de todos, junto a la tragaperras.

 

Los ocasionales, unos intrusos, donde puedan.

Antonio habla poco de fútbol. Habla poco en general, aunque es el que más sabe de todos. Un día llegó un hombre al barrio, merodeaba hacía un tiempo metiendo las narices en los campos de abajo, donde ahora están los pisos de Iberia. Se llevó a Antonio a que le hicieran una prueba. Le cogieron y empezó a jugar con los juveniles. Se ganó un puesto en los campos de tierra. Tenía regate, era rápido y le pegaba bien. Dicen.

 

No pasó de tercera. Se casó con la Nati y puso el bar.

 

Alguna vez, aunque no venga a cuento, alguien, un intruso, le recuerda aquello. “¿Tú jugaste con ese que está de comentarista, no?” Antonio se gira, lanza una mirada indiferente por respuesta, dobla la bayeta, que escurre de forma mecánica, y repasa la cafetera.

 

No se ve mucha floritura sobre la barra: cañas con patatas fritas o cortezas, mejillones, de manera excepcional, y el básico de raciones y bocadillos. Ninguna especialidad.

 

Si el partido lo merece, tomamos una copa. Muy de tarde en tarde. DYC con cola. Si la Nati está de humor, nos saca una tortilla o corta algo de jamón. Muy de tarde en tarde. Una vez nos hizo oreja. Tiene mano.

 

A diario, entra Desi y rasga con su voz caribeña el letargo de las noches de entresemana. Es mulata, de San Pedro de Macorís. Ninguno de ellos sabe dónde queda. Desi suele llevarse unos bocadillos y algunos botes fríos. Es la cena de las putas. Los días de Copa de Europa, sobre las nueve, tienen un parón. Normal. Están en un pequeño chalecito en frente. Pepe reconoció una vez en la tele a una que presentaba el tiempo. “Esa ha pasado por el chalet, fumaba mentolado, me acuerdo bien”, dijo.

 

Pepe es viudo y cena allí todas las noches. Se está quedando pálido de un tiempo a aquí. Antonio, que tiene buen ojo clínico, dice que es del hígado. Le respetamos las canas y por eso le escuchamos las historias de cómo se ligaba en su época en los bailes; o lo del gol de Marcelino, que asegura que estaba en el campo ese día. Nunca hemos echado cuentas. “Vete a saber, porque este Pepe…”, dice Antonio.

Pepe tiene un hijo en el extranjero. Se fue por la crisis. Eso explica Pepe siempre.

 

Pepe bebe vino blanco La Fragata. Siempre. Y lo acompaña con un montado de jamón. Siempre. Todas y cada una de las noches.

 

Pepe un día me dio una copia de las llaves de su casa. Es muy despistado. “Cualquier día las pierdo y …”, dijo.

 

Cuando bebe demasiado, nombra a su nieto el de Canadá.

 

Los habituales , los parroquianos, los que nos hemos ganado el mejor aperitivo, los que cerramos el bar un martes cualquiera, los que sujetamos la puerta al repartidor de cerveza, los que sacamos a algún borracho que se pone pestoso. Esos somos los que tenemos nuestro sitio en Bar Antonio.

 

Antonio no llegó al segundo equipo, se pudrió en tercera. Él ya sabía que de ahí, de la tierra, si no sales en un par de años, ya no se sale. Nati dejó la fábrica y, con los ahorros de los dos, pusieron el bar. No tiene ninguna foto suya en el bar de aquel tiempo.

 

Lo dejó por una lesión, me dijo un día a solas. De rodilla. Nunca le he visto cojear.

 

Matías no para de tocarse el hombro. Fuma Ducados. Tiene unas manos fuertes y agrietadas. Fue yesaire. No come, sólo fuma y bebe. Una copa tras otra. Un cigarro tras otro. Le quedó una pensión de mierda. Va apañado porque le atiende su hermana, que viene una vez por semana.

 

Abriendo una cajas en el trastero, encontré mi bufanda junto a otras cosas. Blanca, con dos franjas moradas, el color de Castilla. Me la puse un instante y volví a dejarla en la caja.

 

La mayoría de las noches, por no cenar solo, me bajo al Bar Antonio. O por no pensar en que pasan las semanas, los años. Por no oír todo ese ruido que hace el pasado.

 

Tiene un puesto en el mercado, de pollos y casquería. Llega cuando cierra, por eso se pierde siempre el primer tiempo. Ocupa su lugar al final de la barra, atrás del todo, junto a la tragaperras. Suele contradecir a Matías, que tiene una visión muy personal del fútbol.

El pollero es un tocapelotas y anima siempre al equipo antipático, o al superior, y alienta a los jugadores que detestamos, a los chulos. Por joder, porque no sabe de fútbol ni le gusta. Va allí sólo por no aguantar a la mujer y a ese hijo que tiene. Antonio le controla la bebida y, cuando ya ve que es suficiente, le cobra, le pone la última y le insta a salir con un golpe de ojos dirección a la puerta.

 

El pollero se va tambaleándose y respiramos.

 

Cuando llega un desconocido a ver un partido, lo consideramos, sin decirlo, un allanamiento. Si opina demasiado, el ambiente se enrarece y se le advierte sutilmente. Intrusos.

 

No nos gustan los extraños en nuestra barra.  Tampoco a Antonio.

Los domingos a última hora, después del último partido, solemos quedarnos en silencio, sumergidos en esa luz mortecina amarillenta de acuario que tiene el Bar Antonio por las noches. No hablamos, miramos a la calle, o a la tragaperras, o a ningún lado, mientras respiramos por las branquias.

 

Con seguridad es el fracaso el mejor conglomerante, el que mantiene hermanada a la parroquia en los bares de pistoleros.

 

Cualquier domingo con el resumen de liga en la televisión, pueden verse nuestras miradas flotar sobre las sillas puestas sobre las mesas mientras la Nati esparce lejía en el suelo. Quietos, retrasando el lunes, esperando a que la ciudad duerma. Un modelo perfecto para Hopper.

 

Hasta que un billete sobre la barra rompe el encanto y cada cual a su lugar. Cada cual a ningún sitio, porque, fuera de allí, no existimos.

 

Matías vive sólo en un apartamentucho alquilado. Lo sé porque un día no midió las copas y tuve que acompañarlo. No tuve más que cargar con él hasta el portal y arrastrarle hasta la puerta del fondo. Es muy fibroso y pequeño, manejable. Busqué las llaves en sus bolsillos y abrí mientras lo sujetaba como pude. Lo dejé tendido en el sillón y le tapé con una manta que allí tenía. Una única pieza con una cortina que quería separar una barra que pretendía ser una cocina. Olor a sí mismo. Un baño tras una puerta corredera. Paredes desnudas, amarillentas de tabaco. Un cartel en blanco y negro anunciando una vieja velada de boxeo. Matías era el aspirante.

 

Suelo quedarme el último muchos días, no duermo bien. Antonio baja el cierre y se pone un trago. Repasa jugadas, lances que se le quedaron pegados de por vida: un balón dividido, un tiro cruzado, un regate, un defensa. Imágenes que me cuenta con una nitidez pasmosa. Luego se toca la rodilla derecha y observa: “mañana cambia el tiempo”.

 

Fue una de esas noches cuando me dijo que hacía unos cuantos días que Pepe no bajaba, y que le extrañaba.

 

El día de la final pensé en bajar al bar con la bufanda. Luego no lo hice.

 

Se engancharon por una tontería. Demasiadas copas. Todo fue muy rápido y no pude sujetarle a tiempo, le partió el pómulo. El pollero se quedó como sonado en el suelo, sangrando. Saqué a Matías fuera a fumar un cigarro para se tranquilizara.

 

El zurdazo fue visto y no visto, desde luego. Certero y seco.

 

Matías habla poco y el pollero se pasa, eso ocurrió cuando se enredaron. No le gustan las bromas con el fútbol a Matías. El pollero llevaba tiempo tocándole las narices. Matías sacó la zurda y le tumbó. Visto y no visto.

 

El pollero no apareció más por allí. El chino ocupa ahora su lugar y juega siempre a la tragaperras. No le interesa nada el fútbol pero nos sonríe siempre.

 

Aquel día era la final y llegué pronto, sin la bufanda. Me extrañó que no bajara Pepe.

 

Bajó una chica de las de Desi, muy joven. Se llevó unos bocadillos. El bar entero la miró. Era la final y estaba lleno de intrusos.

El partido se puso de infarto. Prórroga. Matías pidió una copa más y abrió el segundo paquete de Ducados. Hasta el chino estaba pendiente del televisor mientras insertaba, sin mirar, monedas en la ranura.

 

Lo encontré tieso, llevaba dos días muerto lo menos. No olía a pesar de aquel calor. Estaba sentado sobre su sillón con la mirada perdida en la tele y una botella abierta con una copa a medias sobre la mesa. Pepe no tenía familia, excepto nosotros, sólo un hijo en Canadá.

 

Me senté en el otro sillón y me serví un Fragata. El vino estaba caliente. La prórroga seguía. Salté de repente con el gol y miré a Pepe. Tenía la mirada perdida en el televisor. Pepe no se movió.

 

*     *    *

 

Matías y yo pasamos los domingos sin hablarnos mirando el fútbol. Nos comunicamos tan solo por miradas y ruidos, una especie de código personal que hemos desarrollado con el tiempo. Los emitimos, casi inaudibles, cuando algo nos gusta: una pared, un regate, atrevimientos así. O cuando algo no nos gusta. Escasea el talento hoy en día. Sonidos indescifrables para los intrusos. No nos gustan los chulos, dentro y fuera del campo.

 

No nos gustan los intrusos en el Bar Antonio.

 

La máquina de tabaco es antigua y no coge billetes. He vuelto a fumar. Ducados. Matías me da fuego con la izquierda, por lo del hombro, y yo me fijo en los nudillos de la zurda que tumbó al pollero.

 

Pienso en Pepe cada vez que Antonio nos pone un Fragata. A menudo me fijo en los brazos de Matías. Unos brazos fuertes y precisos. Como de piedra, de boxeador. De toda la puta vida en la obra.

Cuando ya tenemos suficiente, pago. Lo mío y lo de Matías. Matías, en silencio, me lo agradece, le quedó una pensión de mierda.

 

Antonio, ¿qué se debe en esta mesa?, le digo. Tanto. Pues aquí tienes, quédate el cambio. Pues muchas gracias, me dice Antonio. Y lo echa a un bote del mundial 82 donde un Naranjito descolorido nos sonríe.

 

Sin adornos, sin gilipolleces. Así funcionan las cosas aquí, en el Bar Antonio.

Sobre El Autor

Redactor, dirige la sección "Relatos Esféricos"

La única revolución pendiente en fútbol es la vuelta al origen: el respeto al juego.

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